La letra invisible de un crimen: Abuso sexual y Literatura Infanto Juvenil (LIJ)


Breve contextualización acerca de la problemática

del abuso sexual a menores


Números y letras. Voces acalladas. Delitos invisibles. ¿Realidades que superan la ficción?

Según UNICEF, en 2011, 5500 niños y niñas eran explotados sexualmente por día en América Latina y el Caribe. Estas cifras se disparan aún más en Asia y la Polinesia. Los mayores consumidores de “turismo sexual infantil” son adultos del llamado primer mundo. En España y en otros países de la Unión Europea, EEUU y Canadá, estiman que un 23-25% de las niñas y un 10-15% de los niños sufren abusos sexuales antes de los 17 años. No hay condición social para este crimen. Ricos, pobres, clases medias son víctimas o victimarios de esta perversión centrada en saciar fantasías y actos sexuales con niños y adolescentes. Y lo peor es que las tres cuartas partes de los abusadores denunciados son familiares directos de las víctimas.[1]


El abuso sexual a menores se configura cuando se produce cualquier contacto sexual, consentido o no, entre un adulto y un menor de edad. Según la Organización Mundial de la Salud -reflejado en documentos de UNICEF de noviembre de 2016- a nivel mundial, una de cada cinco mujeres y uno de cada trece varones ha sufrido abuso sexual en la infancia. “Entre las víctimas, el 71% son niñas y el 29% son varones y las edades de mayor riesgo son entre los 3-4 años y entre los 8-12 años”.[2]

Si nos situáramos hipotéticamente en un salón de clase de escuela primaria, cuya matrícula fuese de treinta y seis estudiantes, podríamos deducir que dentro de ese grupo, 7 niñas y 3 varones han sido o están siendo abusados sexualmente. De 36 niños, 10 sufren abuso. O sea, casi la tercera parte de una escuela infantil vive esa pesadilla.


Alguna vez se definió al abuso sexual infantil como un crimen silencioso, porque las víctimas son indefensas, vulnerables, y mientras ese delito se consume, las criaturas no entienden qué, ni por qué les sucede, sospechan que tan vez son responsables por algo que han hecho mal, o es un tema natural a aprender, dado que la mayor cantidad de abusos contra las niñas y los niños ocurre en el seno de su hogar: siete de cada diez abusadores son los padres, padrastros, tíos y/o abuelos.

El abuso siempre es una violación a la intimidad, ya sea que la agresión sexual implique penetración carnal, acosos, exhibicionismo, toqueteos, pornografía, o engaños seductores a través de encuentros en redes de internet (grooming, en inglés).


“El abuso es una de las formas más tremendas de violencia hacia la infancia, pues los chicos tienen miedo de hablar porque son niños, porque se los juzga, por temor a las represalias, porque sienten culpa y vergüenza” [3], dice Mariángeles Misuraca, oficial de Protección y Acceso a la Justicia de Unicef.


Las secuelas emociones, psicosociales y físicas que marcan al infante abusado van desde la ansiedad, enuresis, depresión, dificultades en su adulta vida sexual, ya sea por insatisfacciones amorosas crónicas o por el desarrollo de conductas promiscuas, incluso una fuerte predisposición a la esquizofrenia.

Según estudios realizados en la Universidad del País Vasco, las niñas son más proclives a mostrar reacciones ansioso-depresivas, en cambio los varones, tienden al fracaso escolar, a tener dificultades para socializar, e incluso, precoces comportamientos sexuales agresivos.


Los niños más pequeños, en etapa pre-escolar, como consecuencia de su escueto repertorio lingüístico y el incipiente proceso de formación de sus recursos psicológicos, tienden a invisibilizar o negar lo ocurrido. Pero cuando crecen, aparecen los sentimientos de culpa y de vergüenza. Ya en la adolescencia, se agudiza el problema, pues se toma conciencia del alcance de esas relaciones abusivas e incestuosas, del riesgo real de coito y de embarazo, lo que da cabida a “huidas de casa, consumo abusivo de alcohol y drogas, promiscuidad sexual e incluso intentos de suicidio”[4].


En el libro Instrumental, el músico y escritor James Rhodes narra su propia experiencia infantil de abusos, y relata que:


“La vergüenza es el legado que dejan todos los abusos. Es lo que garantiza que no salgamos de la oscuridad, y también es lo más importante que hay que comprender si queréis saber por qué las víctimas del abuso están tan jodidas. El diccionario define la vergüenza del siguiente modo: «Una dolorosa sensación de humillación o congoja causada por la conciencia de haber actuado mal o con insensatez». Y esta definición me parte un poco el corazón. Todas las víctimas consideran en determinado momento que lo que les han hecho son actos malos o insensatos que ellas han cometido. A veces, si tienen muchísima suerte, pueden darse cuenta y aceptar a un nivel profundo que se equivocan, pero normalmente se trata de algo que en el fondo siempre creen, que siempre creo, que es cierto. La primera amiga de la familia a la que le conté lo de los abusos, me conocía de toda la vida. Yo tenía treinta años cuando se lo dije, y, literalmente, lo primero que soltó fue: «Bueno, James, eras un niño preciosísimo». Más pruebas de que esto lo causé yo. Eran mis coqueteos, mi belleza, mi dependencia, mi libertinaje, mi maldad, lo que les obligaba a hacerme esas cosas.

La vergüenza es el motivo por el que no se lo contamos a nadie. Las amenazas funcionan cierto tiempo, pero no años. La vergüenza asegura el silencio, y el suicidio es el silencio definitivo”. [5]


Muchas veces ese suicidio, del que habla Rhodes, no es la muerte física, sino la emocional, esa vida introspectiva sensible a la que el arte arropa y posibilita vuelos, otra vuelta de tuerca para reanudar inmensidades de nuevas vidas, en nuestro caso de estudio, el arte literario: la literatura infantil y juvenil.




LIJ y abuso sexual


Silencios asesinos. ¡Silenciosos asesinos! Como dice la contratapa del libro Palabras envenenadas:


A veces, la verdad permanece oculta en la oscuridad y solo se ilumina al abrir una ventana”.


La literatura es una hendija poderosa por donde espiar nuevas realidades.

Abuso sexual. Un tremendo tema para la literatura infantil y juvenil (LIJ) que durante décadas consideró cualquier acercamiento a temáticas en torno a la sexualidad como un tabú.

Ya en los años ochenta del siglo veinte, Marc Soriano alertaba acerca de estas ausencias de contenidos y los dobles discursos y ambigüedades que se generaban alrededor de lo sexual, negando incluso asuntos en torno a la diversidad de género. Lo que Graciela Montes definió como el tendido de un corral sobre la infancia, donde la contemporaneidad y visibilización contestataria de nuevas realidades sociales, culturales, políticas, que emergían a contra pelo de los modelos o estereotipos “políticamente correctos”, quedaban en la periferia de los temas a tratar en la LIJ.


Dice Soriano, en su imprescindible ensayo La literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas, que “las obras que se ocupan de estos problemas se consideran –casi peyorativamente- comprometidas”, por el contrario “las que los ignoran son artísticas.” Y puntualmente sobre temas sexuales, acota:


“Los adolescentes miran películas pornográficas que difunde un canal de televisión y quieren plantear sus preguntas. Pero ¿a quién se las plantean? Los padres no hablan con sus hijos del amor, sino cuando se trata del sida. No toleran su lenguaje procaz, pero emplean ese mismo lenguaje cuando están a solas con sus amigos. Los que militaban por la libertad sexual en 1968 se manifestaron tan incapaces como las generaciones anteriores para abordar con libertad los problemas de la sexualidad con sus propios hijos. El gran tabú sigue en pie.” [6]


Y estas NO palabras se exacerban en un sentido y en otro, desde el libertinaje del “todo vale” hasta un silenciamiento ultra religioso que proclama un celibato casi inviable, cuando en el S.XXI, plena era digital, con un par de tecleos, cualquier chico o niña accede a información sexual, a la pornográfica, o simplemente a estimulaciones precoces implementadas incluso en la publicidad de vestimenta infantil, golosinas y juegos, que alienta a niños y a pedófilos indistintamente.

Si la ficción –que opera como un motor entre lo posible y lo soñado, entre lo real y lo impensado- no habla también de estos temas “difíciles”, en realidad lo que sucede es que los niños de todas maneras acceden a estos conocimientos “no dichos” –o son sorprendidos- por otras vías, en o fuera del entorno afectivo, y muchas veces, desde medios menos comprometidos con el arte. La desinformación actúa erráticamente. Anestesia por saturación contaminante de mensajes a través de la vulgaridad en algunas pantallas. Obtura la posibilidad de acceder, en nuestro caso con el arte y la literatura, a la formación de lectores como cuestionadores potentes, con capacidad de establecer relaciones y desarrollar juicio crítico frente a diferentes situaciones de la vida, aun cuando éstas sean perversas. Cuando de “eso no se habla”, el silencio no solo desinforma sino que funciona como cómplice. Ya decía Paulo Freire:


“Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión”.


La LIJ está entre nosotros para comprometerse con la fantasía y también con la realidad cotidiana construida con aciertos y contaminada de adulteraciones.




¿De qué LIJ hablamos?


La literatura infanto juvenil es aquella que “también” leen niños y adolescentes, como decía Malicha Leguizamón: “Se entiende por literatura infantil toda obra, concebida o no deliberadamente para los niños, que posea valores éticos y estéticos necesarios para satisfacer sus intereses y necesidades”[7].


Manifestación artística de la palabra que, en el caso de los libros para niños, interactúa también con la ilustración (expresión plástica importantísima en la construcción de sentido por parte del joven lector, especialmente en el libro álbum). Sus relatos tienen que ver con temáticas peculiares a la infancia, y sin bien durante mucho tiempo ha sido “instrumentalizada” como material pedagógico, o sea, con fines didactistas, la LIJ se ha alejado de ese “servilismo”, abordando todo tipo de temáticas, incluso varias consideradas tabúes.


Rastreando el tratamiento del tema en la LIJ (en idioma castellano, ya sea como lengua de producción o traducciones en circulación por Latinoamérica), la primera revelación significativa, es que hay pocos materiales ficcionales al respecto. La temática es escasamente abordada, con distintos niveles de incursión o definiciones, y ni remotamente estaría representando a esa tremenda relación de niños afectados. A modo de analogía, podría considerarse que, según informe de la Cámara Argentina del Libro[8] en 2017 se editaron en 3982 nuevos libros para niños[9], y de entre ellos, solo uno habló abuso (comentado en este trabajo): Los fantasmas tienen buena letra de la ecuatoriana María Fernanda Heredia, libro que recién salió al mercado argentino en 2018.


La sexualidad ha estado presente en la LIJ desde sus orígenes. Ya la versión de Caperucita Roja –recogida de la oralidad popular y transcripta por Charles Perrault -, prevenía con explícita moraleja a las niñas sobre no dejarse seducir por “zalameros” que solo quieren llevarlas a la cama. Pero tal vez sea Piel de asno -también recopilado por Perrault e incluido en su célebre “Cuentos de Mamá Oca” (1697)-, uno de los primeros relatos para niños que toca el escabroso tema del incesto y la amenaza del abuso (un rey que halla en su propia hija la posibilidad de volver a casarse con alguien tan hermosa como su fallecida esposa y madre de la víctima).


“Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre