No hay tumbas para la verdad

Graciela Bialet

 

El tío Hugo cumplió como siempre su palabra y me consiguió el libro que había elaborado la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Yo quería revisar ese informe para ver si encontraba el nombre de mi mamá que estaba desaparecida desde la última dictadura militar. Desaparecida. Como si se hubiese desvanecido en el aire, o se la hubiera tragado la tierra, o esfumado como por arte de magia, según parecía creer mi abuela intentando argumentarme la vida con ositos de peluche aún a mis 17 años.

Aquel día a la salida de clases, le dije a la abuela Esther que me iba a estudiar a lo de un compañero que ella no conocía, pero en realidad me fui al departamento de Rogelio.

 

Por lo que Rogelio me cuenta de aquella época, todo era subversivo: pensar distinto era subversivo, ser joven era un delito subversivo, hacer el amor antes de casarse era promiscuidad subversiva, cantar las canciones de John Lennon era reproducir modelos subversivos, usar el pelo largo y los jeans desflecados era un modo de mostrarse subversivo. Para mí que creer que todo era subversivo estaba de moda.

Revisé el libro hoja por hoja esquivando las ganas de vomitar que me producía cada relato.

Leyendo sobre los niños arrebatados de su hogar junto a sus padres, pensé en mi suerte y en mi mamá, abandonándome escondido en el canasto de la ropa sucia. Sólo recuerdo gritos extraños, y a ella diciéndome algo mientras me tapaba con manteles y camisas adentro de un cesto de mimbre. ¿Qué sucedió aquella noche? ¿Por qué me dejaron allí? ¿No me habrían visto? ¿O en realidad yo no estaba ahí cuando secuestraron a mi madre?

 

Los capítulos se sucedían uno al otro sin mermar su asqueroso discurso.

El mate amargo endulzaba la lectura.

Finalmente, en la página 323 encontré el nombre de mi mamá: Ana Calónico de Juárez, 26 años, secuestrada de su domicilio el 21 de setiembre de 1977.

La vista se me acalambró y se resistía a leer. A regañadientes obligué a mis ojos a dar sus saltos decodificando líneas y letras. Eran sólo seis renglones.

Pensé inmediatamente en no volver a dirigirle la palabra a la abuela, porque si ella había recurrido a todos los organismos de defensa de los derechos humanos buscando a mamá, como me había dicho, la habría encontrado hace mucho en esta maldita página 323 igual que yo.

Me sentía brutalmente estafado, pero mi curiosidad iba más rápido que la bronca y seguí leyendo.

Así me enteré que mamá había sido vista en un destacamento militar utilizado como centro de detención clandestino llamado La Perla. Allí la habían torturado con electricidad atada a un elástico metálico luego de ser violada por varios guardias, y no se supo más de ella después de que la sacaron en un camión junto a otras dos mujeres. Se presume que fueron arrojadas al pozo de una cantera de cal sin apagar a pocos kilómetros del lugar de cautiverio.

Me floreció un sudor pegajoso en la cara y quedé ciego no sé por cuánto tiempo. Hubiera querido llorar con calma, pero la furia se me agitaba en el pecho arremolinándome los rencores y no me dejaba comportar como hubiera sido debido.

 

¡No tenían derecho a obligarme a olvidar! Yo quisiera pensar en ella y recordar su rostro, su sonrisa. ¡No les voy a perdonar nunca que me mintieran, porque ocultarme hasta el más mínimo detalle, es como haberme mentido en todo! ¿Qué se creyeron? ¿Vivieron en mí lo que perdieron?: la abuela a su hija, Rogelio su juventud. Ellos tienen sus recuerdos, por asquerosos o tristes que sean, ¿pero yo?

Me hubiera arrancado los ojos para que dejaran de pincharme las entrañas y empecé a sentir aquella furia incontrolable de hacía unos momentos. Pero justo cuando estaba envuelto en la peor llamarada de odio, vino a mi rescate una luz infinitamente celeste, como un retazo de cielo desperdigando esencias de vida, y se instaló delante mío la sonrisa de mamá, aquélla que me perseguía en sueños por las noches.

Ella se plantó frente a mí, en camisón, con su rostro acaramelado de canción de cuna, y acariciándome entre el mimbre de aquel viejo canasto, cantó una canción de cuna extraña:

- “Botón, botella, soy hija de las estrellas.

   Camilito, camilón, mi hijo será gorrión”.

Vi su rostro joven y sereno. Recordé sus nanas y las figuras que hacíamos con masa de sal cuando volvía de su trabajo. Me acordé de las cuadras que caminábamos juntos desde la guardería a casa, contándome adivinanzas y juegos de palabras que yo trataba de repetir en mi media lengua. Escuché mi voz de niño llamándola “mamana, mamanita”, compactando sus nombres, y a ella festejando mi picardía. Sentí su olor a margaritas frescas, su  risa de sapo croando hipos que me arrancaban carcajadas, y caricias que ya no quería olvidar.

Su imagen se plantó frente a mí como en una nube de reminiscencias recién cortadas.

Era mi mamá, era ella. Lo supe porque luego de un momento, me recordó aquél:  “Te quiero con toda mi alma, hijito; lo mejor que tengo para darte es la libertad. No lo olvides nunca” -con el que me despidió esa noche de horrores entre el mimbre. Entonces me envolvió un perfume salado de recuerdos devolviéndome la paz.

De a poco, la luz celeste se fue esfumando, desgajadamente. Entonces, recobrado de aromas e imágenes, me tiré en la cama de Rogelio y lloré.

Lloré por ella y por mí.

“Ana. Mamá. Mamana...”

Lloré por los años que nos habían robado. 

“Botón, botella, soy hija de las estrellas.”

Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo.

“Camilito, camilón, mi hijo será gorrión.”

Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé.

Lloré por las atrocidades que sufrió.

“Mamá. Mamanita...”

Lloré por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfano.

Lloré. 

Amarga y pausadamente, hasta que los ojos dejaron de dolerme.

 

 

Notas y comentarios

 

Fragmento del Capítulo XIV de la novela  “Los sapos de la memoria” (CB ediciones, Córdoba, 13º edición, 2009) y editado en la el 5º tomo de  la Colección LEER X LEER.

 

 

Lecturas

Es solo un capítulo de la novela 

LOS SAPOS DE LA MEMORIA

 

Para quienes leen en alemán, va esta nota CROAC

que hizo Phillip Knobloch

Mi historia, tu historia, nuestra. Análisis de una historia personal como representacióón de la Historia colectiva.

Lucrecia López

Recuperar  Memorias

Melisa Eluani

Así empieza la novela EL JAMÓN DEL SÁNGUCHE

Así empieza la novela EL JAMÓN DEL SÁNGUCHE

Así empieza la novela EL JAMÓN DEL SÁNGUCHE

El jamón del sánguche

Graciela Bialet

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Querido Diario:

 

Mañana cumplo 15 años y ya recibí este diario. Empecé como ocho diarios íntimos en mi vida, a todos me los regalaron en distintos cumpleaños. Sí, ya sé que al iniciar cada uno prometí completarlo y no cumplí, pero antes era chica para darme cuenta que es importante tener algo que hacer cuando una no tiene nada que hacer y busca ser alguien en la vida.

Mmm… ¡Qué enredado sonó eso! No importa. No pienso borronear los primeros renglones, así que, mejor, comienzo contando mi historia, que es tan larga que voy a hacer un resumen (¡uh!… digo resumen y me acuerdo que tengo que estudiar Biología. Me la llevé a rendir… no soy perfecta, ¡qué le vamos a hacer!… Por el momento me concentraré en mis 15, ¡y ya!).

La verdad es que me encanta la idea de escribir este diario. Mi libro favorito de chica era Papaíto piernas largas… Yo soñaba con una historia de amor como la de Judy Abbott. Devoraba cada carta, página por página. Un día mi abuela me interrumpió (de metida que es, nomás), para decir “Medio incestuoso ese libro”, cuando me vio leyéndolo. No entendí por qué. No hablaban de insectos en esa novela… ja, ja…

Bueno ¿por dónde empiezo mi propia historia?... a ver… Sí, sí... Me tienen podrida. Sin duda… ¡Me tienen podrida! Tironeada de acá. Tironeada para allá. Al fin y al cabo yo era hija única y ahora, que mis viejos hicieron la suya, aparecen hermanos por todos lados. ¿Qué hice para merecer esto? ¡Nada!... Estoy harta de ser el jamón del sánguche. ¿Acaso me consultaron a mí para casarse, o cuando decidieron ser mis padres, o cuando se separaron, eh?

No es que me encantara ser hija única, pero eso de que me llenen la familia de desconocidos, tampoco. Porque al fin y al cabo, los hijos del marido de mi vieja, son ilustres desconocidos. Mamá está feliz con la vida Ingalls (¿o Simpson?) que lleva ahora junto a Rubén y su prole, pues siempre quiso una familia numerosa, y como no puede quedar embarazada…

Por eso me adoptó a mí. Pero se ve que no le alcanzó y se casó con una tribu completa. Jimena, de 16 años, (alias “el ente”), una creída de no sé qué. Javier, un desubicado… este año por quedar bien con mamá, aceptó inscribirse en MI club (menos mal que yo estoy en el seleccionado de voley femenino, que si no lo tendría entrenando en la nuca…). Y el tercero, ¡Cielo santo!... Salvador… bueno, Salvador es chico, pero ¡cómo rompe la paciencia! Un demonio de 7 años, no para ni un instante de hacer maldades… ¡Todavía no encuentro las llaves del cajón de mi escritorio que escondió vaya uno a saber dónde! Ni pude sacar el maquillaje que desparramó sobre mi cubrecamas. Ni sus dibujos con marcador sobre mi cortina… En cualquier momento lo empujo desde un balcón, como sin querer, de pasadita…

Por suerte me dan tres días de descanso por semana, cuando se van con su propia madre, más los dos que yo paso con mi viejo… Cinco días de tregua. Sin hermanastros a la vista.

Aunque con mi viejo… mmm… Mi viejo tampoco es el premio mayor de la lotería, NO. Adela, su nueva mujer, es una recontra metida. Se hace la mosquita muerta, la angelical, pero yo sé que lo que pretende es hacerme pisar el palito… pedazo de bruja… para luego echarme a la hoguera… Si por lo menos hubiese convertido el departamento de mi viejo en chocolate, pero no. Es vegetariana, anticelulítica y deportista. La vida sana es su lema. Ya no vivimos a pizzas, hamburguesas y papas fritas con papi. Ahora comemos brócoli y zanahorias. La semana pasada compré a escondidas unas costeletas de cerdo, y mientras Adela no estaba en casa las preparé. ¡A la plancha las hice!, y no abrí ni una ventana. Cuando llegó casi se muere del asco. Y a mí qué. Llevaba dos días a cereales y legumbres… y el cuerpo me pedía proteínas… ¡grasa!... ¡colesterol!... Papá frunció la cara, pero no abrió la boca, que si no, me hubiese obligado a actuarle una escena fatal. Sabe bien lo que le conviene…

Bueno, ya conté bastante para empezar.

Siempre tuya (así se despedía Judy… ¡queda súper!).

 

Ceci

 

Hervir la leche es muy saludable para los humanos pero no tanto para las bacterias

 

Graciela Bialet. El libro de las respuestas sabihondas (1993) Cba . CB ediciones.

Ilustraciones: Liliana Menéndez

 

Estábamos en la cocina de la escuela investigando cosas que se podían hacer con la leche.

Días atrás habíamos visitado una planta industrial de productos lácteos. Allí nos mostraron y recitaron cómo pasteurizaban la leche.

Los chicos de primer grado no nos convencíamos de la importancia de tal procedimiento. Si al fin y al cabo en casa mamá abría el sachet, lo mezclaba con chocolate y azúcar y... ¡YA!, cosa resuelta. A lo sumo la hervía y luego renegaba para limpiar los pegotes de leche chorreada.

En ese lugar también observamos por un microscopio a “las bacterias”, esos bichos asquerosos de los cuales tan mal nos habían hablado los sabihondos lactáceos de la lechería. Bueno, ver lo que se dice ver, los vimos, pero de allí a que  nos parecieran mala gente había un largo trecho... ni cara de asesinos tenían los pobres. Pero en nuestras mentes de preguntones que no encuentran respuestas rondaba la tranquilizante idea de que “si ellos lo dicen, algo de cierto debe haber”.

Con leche hicimos manteca, yogur y dulce de leche...¡riquísimos!... MMM... ¡glup!

Un tiempo después nos tentamos con exponer nuestras investigaciones en la Feria de Ciencias de la escuela.

Organizamos los puestos de demostración y esperamos con ansias a los curiosos que vendrían.

Un papá visitante escuchó todas nuestras explicaciones sobre la leche y sus derivados pero quiso saber cómo y por qué se pasteurizaba la leche.

Ante la pregunta se hizo un silencio pegajoso como chicle estampado en la nariz, y pusimos cara de YO NO FUI.

En el preciso instante en que creíamos que todo estaba perdido, que nuestro puesto sería el más bochornoso de la escuela, que ese padre más que un preguntón era un terrorista, apareció Sebastián con una idea brillante y salvadora.

Con sonrisa de SABELOTODO se acercó al buen señor y le indicó con la mano que lo siguiera hasta el calentador que habíamos habilitado en la sala para la muestra.

- Usted sabrá que hay que hervir la leche, ¿NO? - arrancó Sebastián con tono casi amenazante y el dedo de apuntar en alto. Al padre en cuestión no le quedó más que asentir con la cabeza, entonces nuestro genio siguió:

- ¿Vio que cuando uno hierve la leche siempre se vuelca?. Bueno, al volcarse, las bacterias se caen por el costado de la jarra y... ¡ZAZ!... se desnucan contra la cocina, se matan de un golpe... ¿viooo?... entonces la leche que queda en la jarra ya se puede tomar... ¿Entiende ahora, NOOO?

 

 

 

 

¿Para seguirme?

 

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