La letra invisible de un crimen: Abuso sexual y Literatura Infanto Juvenil (LIJ)

July 24, 2019

 

Breve contextualización acerca de la problemática

del abuso sexual a menores

 

Números y letras. Voces acalladas. Delitos invisibles. ¿Realidades que superan la ficción?

Según UNICEF, en 2011, 5500 niños y niñas eran explotados sexualmente por día en América Latina y el Caribe. Estas cifras se disparan aún más en Asia y la Polinesia. Los mayores consumidores de “turismo sexual infantil” son adultos del llamado primer mundo. En España y en otros países de la Unión Europea, EEUU y Canadá, estiman que un 23-25% de las niñas y un 10-15% de los niños sufren abusos sexuales antes de los 17 años. No hay condición social para este crimen. Ricos, pobres, clases medias son víctimas o victimarios de esta perversión centrada en saciar fantasías y actos sexuales con niños y adolescentes. Y lo peor es que las tres cuartas partes de los abusadores denunciados son familiares directos de las víctimas.[1]

 

El abuso sexual a menores se configura cuando se produce cualquier contacto sexual, consentido o no, entre un adulto y un menor de edad. Según la Organización Mundial de la Salud -reflejado en documentos de UNICEF de noviembre de 2016- a nivel mundial, una de cada cinco mujeres y uno de cada trece varones ha sufrido abuso sexual en la infancia. “Entre las víctimas, el 71% son niñas y el 29% son varones y las edades de mayor riesgo son entre los 3-4 años y entre los 8-12 años”.[2]

Si nos situáramos hipotéticamente en un salón de clase de escuela primaria, cuya matrícula fuese de treinta y seis estudiantes, podríamos deducir que dentro de ese grupo, 7 niñas y 3 varones han sido o están siendo abusados sexualmente. De 36 niños, 10 sufren abuso. O sea, casi la tercera parte de una escuela infantil vive esa pesadilla.

 

Alguna vez se definió al abuso sexual infantil como un crimen silencioso, porque las víctimas son indefensas, vulnerables, y mientras ese delito se consume, las criaturas no entienden qué, ni por qué les sucede, sospechan que tan vez son responsables por algo que han hecho mal, o es un tema natural a aprender, dado que la mayor cantidad de abusos contra las niñas y los niños ocurre en el seno de su hogar: siete de cada diez abusadores son los padres, padrastros, tíos y/o abuelos.

El abuso siempre es una violación a la intimidad, ya sea que la agresión sexual implique penetración carnal, acosos, exhibicionismo, toqueteos, pornografía, o engaños seductores a través de encuentros en redes de internet (grooming, en inglés).

 

 “El abuso es una de las formas más tremendas de violencia hacia la infancia, pues los chicos tienen miedo de hablar porque son niños, porque se los juzga, por temor a las represalias, porque sienten culpa y vergüenza” [3], dice Mariángeles Misuraca, oficial de Protección y Acceso a la Justicia de Unicef.

 

Las secuelas emociones, psicosociales y físicas que marcan al infante abusado van desde la ansiedad, enuresis, depresión, dificultades en su adulta vida sexual, ya sea por insatisfacciones amorosas crónicas o por el desarrollo de conductas promiscuas, incluso una fuerte predisposición a la esquizofrenia.

Según estudios realizados en la Universidad del País Vasco, las niñas son más proclives a mostrar reacciones ansioso-depresivas, en cambio los varones, tienden al fracaso escolar, a tener dificultades para  socializar, e incluso, precoces comportamientos sexuales agresivos.

 

Los niños más pequeños, en etapa pre-escolar, como consecuencia de su escueto repertorio lingüístico y el incipiente proceso de formación de sus recursos psicológicos, tienden a invisibilizar o negar lo ocurrido. Pero cuando crecen, aparecen los sentimientos de culpa y de vergüenza. Ya en la adolescencia, se agudiza el problema, pues se toma conciencia del alcance de esas relaciones abusivas e incestuosas, del  riesgo real de coito y de embarazo, lo que da cabida a “huidas de casa, consumo abusivo de alcohol y drogas, promiscuidad sexual e incluso intentos de suicidio”[4].

 

En el libro Instrumental, el músico y escritor James Rhodes narra su propia experiencia infantil de abusos, y relata que:  

 

“La vergüenza es el legado que dejan todos los abusos. Es lo que garantiza que no salgamos de la oscuridad, y también es lo más importante que hay que comprender si queréis saber por qué las víctimas del abuso están tan jodidas. El diccionario define la vergüenza del siguiente modo: «Una dolorosa sensación de humillación o congoja causada por la conciencia de haber actuado mal o con insensatez». Y esta definición me parte un poco el corazón. Todas las víctimas consideran en determinado momento que lo que les han hecho son actos malos o insensatos que ellas han cometido. A veces, si tienen muchísima suerte, pueden darse cuenta y aceptar a un nivel profundo que se equivocan, pero normalmente se trata de algo que en el fondo siempre creen, que siempre creo, que es cierto. La primera amiga de la familia a la que le conté lo de los abusos, me conocía de toda la vida. Yo tenía treinta años cuando se lo dije, y, literalmente, lo primero que soltó fue: «Bueno, James, eras un niño preciosísimo». Más pruebas de que esto lo causé yo. Eran mis coqueteos, mi belleza, mi dependencia, mi libertinaje, mi maldad, lo que les obligaba a hacerme esas cosas.

La vergüenza es el motivo por el que no se lo contamos a nadie. Las amenazas funcionan cierto tiempo, pero no años. La vergüenza asegura el silencio, y el suicidio es el silencio definitivo”. [5]

 

Muchas veces ese suicidio, del que habla Rhodes, no es la muerte física, sino la emocional, esa vida introspectiva sensible a la que el arte arropa y posibilita vuelos, otra vuelta de tuerca para reanudar inmensidades de nuevas vidas, en nuestro caso de estudio, el arte literario: la literatura infantil y juvenil.

 

 

 

LIJ y abuso sexual

 

Silencios asesinos. ¡Silenciosos asesinos! Como dice la contratapa del libro Palabras envenenadas:

 

A veces, la verdad permanece oculta en la oscuridad y solo se ilumina al abrir una ventana”.

 

La literatura es una hendija poderosa por donde espiar nuevas realidades.

Abuso sexual. Un tremendo tema para la literatura infantil y juvenil (LIJ) que durante décadas consideró cualquier acercamiento a temáticas en torno a la sexualidad como un tabú.

Ya en los años ochenta del siglo veinte, Marc Soriano alertaba acerca de estas ausencias de contenidos y los dobles discursos y ambigüedades que se generaban alrededor de lo sexual, negando incluso asuntos en torno a la diversidad de género. Lo que Graciela Montes definió como el tendido de un corral sobre la infancia, donde la contemporaneidad y visibilización contestataria de nuevas realidades sociales, culturales, políticas, que emergían a contra pelo de los modelos o estereotipos “políticamente correctos”,  quedaban en la periferia de los temas a tratar en la LIJ. 

 

Dice Soriano, en su imprescindible ensayo La literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas, que “las obras que se ocupan de estos problemas se consideran –casi peyorativamente- comprometidas”, por el contrario “las que los ignoran son artísticas.” Y puntualmente sobre temas sexuales, acota:

 

“Los adolescentes miran películas pornográficas que difunde un canal de televisión y quieren plantear sus preguntas. Pero ¿a quién se las plantean? Los padres no hablan con sus hijos del amor, sino cuando se trata del sida. No toleran su lenguaje procaz, pero emplean ese mismo lenguaje cuando están a solas con sus amigos. Los que militaban por la libertad sexual en 1968 se manifestaron tan incapaces como las generaciones anteriores para abordar con libertad los problemas de la sexualidad con sus propios hijos. El gran tabú sigue en pie.” [6]

 

Y estas NO palabras se exacerban en un sentido y en otro, desde el libertinaje del “todo vale” hasta un silenciamiento ultra religioso que proclama un celibato casi inviable, cuando en el S.XXI, plena era digital, con un par de tecleos, cualquier chico o niña accede a información sexual, a la pornográfica, o simplemente a estimulaciones precoces implementadas incluso en la publicidad de vestimenta infantil, golosinas y juegos, que alienta a niños y a pedófilos indistintamente.

Si la ficción –que opera como un motor entre lo posible y lo soñado, entre lo real y lo impensado- no habla también de estos temas “difíciles”, en realidad lo que sucede es que los niños de todas maneras acceden a estos conocimientos “no dichos” –o son sorprendidos- por otras vías, en o fuera del entorno afectivo, y muchas veces, desde medios menos comprometidos con el arte. La desinformación actúa erráticamente. Anestesia por saturación contaminante de mensajes a través de la vulgaridad en algunas pantallas. Obtura la posibilidad de acceder, en nuestro caso con el arte y la literatura, a la formación de lectores como cuestionadores potentes, con capacidad de establecer relaciones y desarrollar juicio crítico frente a diferentes situaciones de la vida, aun cuando éstas sean perversas. Cuando de “eso no se habla”, el silencio no solo desinforma sino que funciona como cómplice. Ya decía Paulo Freire: 

 

“Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión”.

 

La LIJ está entre nosotros para comprometerse con la fantasía y también con la realidad cotidiana construida con aciertos y contaminada de adulteraciones.

 

 

 

¿De qué LIJ hablamos?

 

La literatura infanto juvenil es aquella que “también” leen niños y adolescentes, como decía Malicha Leguizamón: “Se entiende por literatura infantil toda obra, concebida o no deliberadamente para los niños, que posea valores éticos y estéticos necesarios para satisfacer sus intereses y necesidades”[7].

 

Manifestación artística de la palabra que, en el caso de los libros para niños, interactúa también con la ilustración (expresión plástica importantísima en la construcción de sentido por parte del joven lector, especialmente en el libro álbum). Sus relatos tienen que ver con temáticas peculiares a la infancia, y sin bien durante mucho tiempo ha sido “instrumentalizada” como material pedagógico, o sea, con fines didactistas, la LIJ se ha alejado de ese “servilismo”, abordando todo tipo de temáticas, incluso varias consideradas tabúes.

 

Rastreando el tratamiento del tema en la LIJ (en idioma castellano, ya sea como lengua de producción o traducciones en circulación por Latinoamérica), la primera revelación significativa, es que hay pocos materiales ficcionales al respecto. La temática es escasamente abordada, con distintos niveles de incursión o definiciones, y ni remotamente estaría representando a esa tremenda relación de niños afectados. A modo de analogía, podría considerarse que, según informe de la Cámara Argentina del Libro[8] en 2017 se editaron en  3982 nuevos libros para niños[9], y de entre ellos, solo uno habló abuso (comentado en este trabajo): Los fantasmas tienen buena letra de la ecuatoriana María Fernanda Heredia, libro que recién salió al mercado argentino en 2018.

 

La sexualidad ha estado presente en la LIJ desde sus orígenes. Ya la versión de Caperucita Roja –recogida de la oralidad popular y transcripta por Charles Perrault -, prevenía con explícita moraleja a las niñas sobre no dejarse seducir por “zalameros” que solo quieren llevarlas a la cama. Pero tal vez sea Piel de asno -también recopilado por  Perrault e incluido en su célebre “Cuentos de Mamá Oca” (1697)-, uno de los primeros relatos para niños que toca el escabroso tema del incesto y la amenaza del abuso (un rey que halla en su propia hija la posibilidad de volver a casarse con alguien tan hermosa como su fallecida esposa y madre de la víctima).

 

“Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre en inteligencia y agrado. Su juventud, la atrayente frescura de su hermosa piel, inflamó al rey de un modo tan violento que no pudo ocultárselo a la infanta, diciéndole que había resuelto casarse con ella pues era la única que podía desligarlo de su promesa.

La joven princesa, llena de virtud y pudor, creyó desfallecer ante esta horrible proposición. Se echó a los pies del rey su padre, y le suplicó con toda la fuerza de su alma, que no la obligara "a cometer un crimen semejante.”

 

Cabe recordar que por aquellas épocas, la infancia era una etapa de vida poco mirada, un sector poblacional desatendido, y que los niños de los sectores populares llegaban a adultos si lograban sobrevivir a las extremas condiciones de vida que compartían con cualquier adulto. Al respecto, Daniel Goldin, citando a De Mause[10], nos recuerda que:

 

“Se trataba de sociedades en que el trato violento entre los hombres era habitual, donde todos estaban condicionados para ello y a nadie se le ocurría que los niños requerían de trato especial. De Mause hace un recuento pormenorizado de cómo hasta el siglo XVII los adultos sometían a castigo corporal a los niños sin que nadie los cuestionase, y la reducción del castigo corporal sólo se nota en el siglo XVIII. Esto desde luego no excluía el abuso sexual, tolerado y practicado comúnmente con la venia general más o menos explícita aún a comienzos del siglo XVIII (1982:80 y sigs.).” [11]

 

De infancias pasadas sabemos por la oralidad familiar (memoria doméstica y a la vez colectiva de los pueblos) y, más aún por la literatura, que siempre contará mejor la historia que los propios manuales. Por ejemplo, sabemos de infancias, como la de Oliver Twist, a través de la novela del mismo nombre, escrita por Charles Dickens (en 1837), infancias de niños que llegaban a adultos solo si sobrevivían de un modo salvaje y silvestre, sin protección y explotados[12]. Un solo párrafo de la vida de Oliver en el orfanato, pidiendo un poco de comida, da cuenta:

 

“—Por favor, señor, quiero un poco más —repitió el muchacho.

El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los días y las noches llorando amargamente. Solo se le permitía salir para ser azotado en el comedor delante de todos sus compañeros.”

(...)

“—¿Qué es esto? —preguntó tía Maylie—. Este chiquillo no puede ser el ladrón.

—Los seres más jóvenes y más bellos —repuso el doctor— son a veces las víctimas preferidas del crimen y del vicio.

—Suponiendo que tenga usted razón —dijo su sobrina Rose—, es también posible que este muchachito no haya conocido nunca el amor de una madre ni el calor de un hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad.

Y tú, querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a la cárcel.”

 

Un siglo después de Oliver, ya en 1937[13], el brasileño Jorge Amado escribe la contundente y conmovedora novela Los capitanes de la arena, que si bien no fue escrita como LIJ, sigue circulando como tal en casi todo el mundo con más de 50 traducciones. La historia trata acerca de una padilla de chicos -y una niña- que viven de la delincuencia y a sus derivas en un depósito sobre la playa en Salvador de Bahía, rechazados por casi toda una sociedad egoísta y negadora, que pide mano dura contra ellos. Son agresivos y mal hablados, así se protegen, dando miedo, y a pesar de sus abandonadas y riesgosas circunstancias de vida, se muestran divertidos como niños, haciendo vida de adultos, incluso sexualmente. El Gato es un personaje emblemático para la temática que se aborda en este trabajo. Es un muchachito de catorce años, elegante y precoz gigoló, descendiente de indios maloqueiros, que tiene un largo amorío con Dalva, una prostituta varios años mayor, quien le da bienestar a cambio de sexo:

 

“Pero Dalva no le cosía la ropa, quizá ni siquiera supiera enhebrar una aguja. Lo que sabía era sacudirse en la cama y arañarle la espalda a propósito para excitarlo, para que el amor fuera más intenso. Dora, no. No era a propósito. La mano de ella (uñas arruinadas, sucias y roídas por los dientes) no quería excitarlo, ni hacerlo temblar. Pasaba como la mano de una madre que le remienda la camisa al hijo. La madre del Gato había muerto muy joven. Era una mujer frágil y hermosa. También tenía las manos arruinadas, porque la mujer de un obrero no tiene manicura.”

 

En 1980 aparece la nouvelle del mexicano José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, contada como una historia iniciática que trascurre en 1941, donde se que narra con ironía una relación idílica e incestuosa entre un niño y la madre de su amigo. Como Los Capitanes de la arena, es del tipo de literatura no escrita específicamente como LIJ, pero que los lectores adolescentes mexicanos tomaron como propia, y donde los abusos sexuales y la promiscuidad (consentidos o no) están presentes.

 

Es recién casi a finales de S.XIX donde la infancia empieza a ser considerada como portadora de derechos propios de vida y futuro, y por ende comienza a ser objeto de estudio y protección, para convertirse durante los S.XX y XXI en sujetos reproducción cultural y de consumismo. Se pasó de idearios de “infancia rosada y juventud divino tesoro” a niños (¿otra vez como en el medioevo?) “prematuramente seudo-adultos”, ahora por contextos globales donde la tecnología ha reconfigurado y desdibujado los límites entre el mundo adulto (inmigrante digital) y el infantil (absolutamente digitalizado) que a través de las pantallas accede con autonomía a todo tipo de información sexista, incluso lúdica, y en la mayoría de los casos sin filtro alguno.

 

 

 

Acerca del corpus seleccionado para este trabajo

 

En lo que va del S.XXI, en Latinoamérica, se han concretado un número interesante de producciones para niñas, niños y adolescentes en torno a visibilizar, concientizar, informar y prevenir a menores y adultos acerca del abuso sexual. Esos materiales, de muy buena calidad y con la información necesaria (muchos de ellos producidos e incluidos en programas o proyectos de Educación Sexual Integral en varios países latinoamericanos, incluso por recomendaciones de organismos de Naciones Unidas), van desde libros para chicos con cuentos acompañados de manuales instructivos, videos, historietas y canciones, de hecho lo explicitan indicando: “para compartirlo con los niños y usarlo en actividades de prevención” (...) Como un recurso complementario al propio cuento, para que lxs adultxs dispongamos de más herramientas sobre cómo explicárselo a lxs niñxs”. (En manual pedagógico que acompaña al cuento Clara y su sombra). O: "Es un libro de cuento para niñeces sobrevivientes de abuso sexual. Busca una mirada libre de revictimizaciones, que permita comprender el valor de la comunicación y el poder de los propios relatos en espacios de horizontalidad feministas y disidentes. (...)  No es pedagógico pero sí trabaja la interacción entre adultes y niñes, que pueden encontrarse en la lectura y completar dialogando los espacios vacíos que la violencia patriarcal deja en la memoria de quienes la sobrevivieron”. (Reseña de la propia editorial, sobre el libro Yael y la casa violeta, en su página de Facebook).

 

 

Estos textos pueden encuadrarse en una categoría de producciones y libros informativos para niños, planteados narrativamente, abocados al tema del abuso. Como:

 

> Dedé, Ma. Laura. Czarny, Reiman y Urbas (2016)  Los secretos de Julieta - (Libro y película animada). Ed. Norma - Ong Hospicom  https://www.youtube.com/watch?v=om6VGo6CwuM

 

Dedé, Ma. Laura. Czarny, Reiman y Urbas (2016)  Decir sí, decir no - (Libro y película animada) Ong Hospicom  https://www.youtube.com/watch?v=ibyO7C_TlMI

 

> Ibarra, María (2018) Yael y la casa violeta. Ilustrada por Julia Inés Mamone. (Libro de cuento). Editorial Femimutante, Buenos Aires.


> Murillo, José Andrés (2017) Azul. Un cuento contra el abuso.  Ilustrado por Marcela Paz Peña. Ediciones Thule, España.  En 2018, se produce su Manual de actividades preventivas entorno al libro que estará disponible en 2019. (La primera versión de este libro se realizó en 2016, sin intenciones pedagógicas explícitas, titulado solamente Azul -sin subtítulo-, de los mismos autores y diseño similar, por Editorial Penguin Random House Chile, a través de su sello Lumen, en Santiago de Chile). 

 

Silva, Natalia – Seudónimo: Natichuleta. (2016) No abuses de este libro. (Novela gráfica). Ediciones B. Providencia. Chile.

 

> Pascual Martí, Elisenda (2016) Clara y su sombra. Ed. Uranito. México. Libro de cuento y su Manual pedagógico que puede descargarse en www.claraysusombra.com/#es/page 

 

>Zepeda Sein, Monique (2017) Salvavidas. México. (Libro y película animada). https://www.youtube.com/watch?v=3Fv4j4K8M8U

 

 

 

Se hallan en el mercado editorial, también, algunos textos literarios para niños y jóvenes que incluyen o aluden a algún episodio de abuso sexual, sin ser éste el tema central que da sentido a la narrativa de dicho libro. Tal son los casos, por ejemplo, de las novelas que se describen a continuación: 

 

  • Monstruos que sí son monstruos de María Cristina Aparicio Agudelo, ilustrada por  Darío Guerrero Díaz (Norma, Torre azul, México, 2015). Novela para niños, donde una chica, atrevida y lectora, va descubriendo y atacando distintos monstruos que acechan a la infancia (adicciones a drogas, a pantallas; padres enfadados, alcohólicos; pedófilos) y a través de un libro y con sus amigos los van desenmascarando y venciendo.

     

     

     

     

  • Los ojos de la noche de Inés Garland (Santillana, Buenos Aires, 2016). Novela juvenil donde un grupo de chicas adolescentes de clase media va de vacaciones a la Patagonia. Allí viven varias aventuras de autoconocimiento, descubren paisajes, amores y también el maltrato seductor de un sujeto inescrupuloso.

 

 

 

  • En la oscuridad de Julio Emilio Braz, ilustrada por Mauricio Gómez Morin (FCE, México, 2017 primera edición en libro electrónico y decimosexta reimpresión en papel). Novela para adolescentes, donde sin tapujos se comparte la tremenda vida de un grupo de niñas de la calle, quienes sufren todo tipo de violencias, abusos y precoces adulteces.

     

     

 

 

El rastreo de textos ha sido lo más riguroso posible, pero ha sufrido las limitaciones que imponen las fronteras de circulación de los libros. A través de las redes sociales, muchos autores, editoras y lectores sumaron datos.  Es destacable que el país con más producciones de libros de LIJ referidas al abuso sexual, ha sido México, que incluso ha traducido, comprado derechos autorales y distribuido gratuitamente para las escuelas primarias del país -a través de su Secretaría de Educación Pública, con sus publicaciones de Los libros del Rincón o A la orilla del viento (FCE)- títulos literarios como: Las fotos de Caro de Christel Guczka, La niña del canal de Thierry Lenain y ¡Estela, grita muy fuerte! de Isabel Olid.

 

Es necesario recordar aquí, que siempre la selección de un canon, es un recorte, una determinación particular que excluye otros casos, ya sea por desconocimiento de su existencia, o por elección, y que lo que se describe en los textos analizados a continuación es solo la lectura reflexiva de quien describe, o sea la manera autónoma con la que un lector interpreta y construye sentidos desde su subjetividad.

 

En este corpus, se han considerado únicamente los textos (en idioma castellano –de origen o traducidos-) de mayor accesibilidad en Latinoamérica, que cumplían con el criterio de ser material capaz de evidenciar, desde la ficción, acercamientos textuales propios del arte literario, sin explícita referencia a estrategias educativas contra del abuso sexual a menores.

 

Los textos LIJ del corpus finalmente seleccionado para este trabajo, (doce en total),  han realizado sus peculiares recorridos comerciales, y algunos de ellos cruzaron sus propias fronteras territoriales de mercadeo, como así también editoriales. Poseen diversas características y formatos pensados para diferentes lectores, pero todos tienen en común el tratamiento explícito de la temática del abuso sexual como eje de su razón narrativa.

 

Se describen y analizan, a continuación, listados según su fecha de edición (lo cual generó y posibilitó su circulación de lectura y análisis) los siguientes títulos:

 

 

/ Lenain Thierry (2000) La niña del canal. Ilustrado por Anne Victoire. Traductora Patricia Gutiérrez Otero. Fondo de Cultura Económica. Colección A orillas del viento. México.

 

/ Bojunga, Lygia (2003) El abrazo. Traductora Irene Vasco Editorial Norma. Colección Zona Libre. México.

 

/ Lenain Thierry (2007) ¡No me toques! Ilustrado por Stéphane Poulin. Traductor Leonardo Rodríguez. Editorial CEC. Colección Los libros de El Nacional. Caracas.

 

/ Olid, Isabel (2009) ¡Estela, grita muy fuerte! Ilustrado por Martina Vanda. Libros del Rincón. Colección Paso de Luna. Secretaría de Educación pública. México.

 

/ Carranza, Maite (2010) Palabras envenenadas. Edebé. Barcelona.

 

/ Chávez Castañeda, Ricardo (2010) La valla. Ed. Everest. León, España.

 

/ Bialet, Graciela (2012) El que nada no se ahoga. Ilustrado por Hebe Gardes. Ed. Comunicarte. Colección Bicho Bolita. Córdoba.

 

/ Guczka, Christel (2013) Las fotos de Caro. Ilustrado por Edmundo Santamaría Gómez. Libros del Rincón. Secretaría de Educación pública. México.

 

/ Echevarría, Albeiro (2013) Pegote. Ilustrado por Marcos Toledo. Editorial Norma, Colección Torre Amarilla. Bogotá.

 

/ Barberis, Alicia (2013) El infierno de los vivos. Editorial Colihue. Colección Leer y Crear. Buenos Aires.

 

/ Murillo, José Andrés (2016) Azul. Ilustrado por Marcela Paz Peña. Editorial Penguin RH Chile (a través del sello Lumen). Santiago de Chile.

 

/ Heredia, María Fernanda (2018) Los fantasmas tienen buena letra. Ilustrado por Roger Ycaza. Santillana. Buenos Aires.

 

 

En este listado hay dos casos particulares: En El infierno de los vivos hay un  anexo -propio de la colección a la que pertenece esta novela (que hasta este título cuenta con 165 diversos volúmenes)-, que plantea una propuesta de educación literaria, pero no explícitamente de educación en prevención de abusos, por eso se lo incluye en este corpus literario. El otro caso es Azul, donde se analizará su primera versión, editada en 2016 sin proyecto explícito de tratamiento pedagógico, aunque se aclara que en una segunda edición (con otra editorial) sí lo esboza, y a futuro los autores trabajarán en un manual de actividades preventivas en torno al libro. (Esa segunda edición está listada entre los libros con propósito explícito de educación contra el abuso).

 

 

A modo de pre-lectura acerca del formato y tratamiento del tema en estos libros a analizar, se ofrece el siguiente el siguiente cuadro:

 

 

 

 

 

Reflexiones en torno a la lectura de los textos del corpus referido

 

(2000)

La niña del canal

Thierry Lenain

 

 

Ilustrado por Anne Victoire.

Traducido del francés por Patricia Gutiérrez Otero.

Fondo de Cultura Económica, colección A orillas del viento. México. 56 páginas

 

Esta nouvelle fue originalmente editada en francés, en 1993, luego de recibir el Premio de Novela Juvenil del Ministerio de la Juventud y del Deporte de Francia, en 1992, otorgado por el Jurado de Jóvenes, y recibió también Mención especial por el Jurado de Adultos en el mismo certamen.

 

Luego, en el año 2000, la editorial estatal mexicana Fondo de Cultura Económica compra sus derechos en castellano, y bajo la edición del reconocido especialista en LIJ Daniel Goldin, comienza su circulación por Latinoamérica y Estados Unidos.

 

Dentro de la colección A orillas del viento, está clasificada “Para los grandes lectores” identificada por el color turquesa, con formato de 15 x19 cm., tapa a color y con doce ilustraciones en interiores (papel obra) en blanco y negro más una viñeta en el colofón del libro.

 

Los datos hasta aquí volcados ya estarían dando una lectura de sus posibilidades de circulación. Nótese que siempre aparece el Estado como mediador de legitimación y posterior divulgación de la obra. Y que a la hora de la premiación, fueron los jóvenes quienes definen inicialmente el mayor reconocimiento, asignado el premio, cuando el Jurado de Adultos solo le concede una mención. Estas cuestiones no serían menores a la hora de presuponer que la industria editorial por sí misma, no estuvo a la altura de las circunstancias a la hora de ponerse al frente de las apetencias temáticas de esta índole y para este sector de lectores.

 

“Esta historia  comienza antes de las primeras páginas y, como tantas otras, terminará después de las últimas. O nunca.” Así empiezan las primeras líneas del libro. La nouvelle cuenta el abuso al que es sometida Sara, de once años, por parte de su profesor de dibujo, clases a la que asiste fuera de la escuela porque su estricta madre insiste.

 

Si bien no plantea capítulos formales, el autor recurre a veinte segmentaciones o separaciones de tramos o fragmentos narrativos, indicados por espaciado (dos líneas) al que le sigue el detalle centrado de tres asteriscos y dos interlineados posteriores en blanco. Así, con estas señales, se intercalan las miradas, voces y relatos del argumento que se va tejiendo.

 

Transcurre  entre el relato de un narrador omnisciente y los extractos del diario de la maestra de Sara, quien registra casi etnográficamente las impresiones que ella observa en su alumna: se ha cortado el cabello como un varón, está demasiado triste y taciturna, se alimenta mal, y manifiesta falta de entusiasmo para las tareas escolares.

 

La niña muestra señales que los padres no ven, además de su cambio de aspecto físico, Sara quema una muñeca, les dice que no quiere tomar clases de dibujo, pero no cuenta lo que le sucede. Y es que se siente parte del abuso, culpable.

 

En ninguna parte del relato se explicita o se expone el acto abusivo en sí. Pero ahí está, en esas imágenes plásticas y textuales de una niña que no sabe por qué le está pasando a ella, ni por qué vuelve una y otra vez al lugar de sometimiento.

 

La maestra sí ve las señales, porque son las que ella misma tuvo antes de olvidar por completo que también había sufrido aquellos acosos. Y decide huir. Pero no puede. Cuando finalmente es capaz de encarar el problema, rescata a Sara, y se rescata a ella misma.

 

El canal es una metáfora geográfica y también psicológica de ambas. Casi un canal de parto y de partida hacia un camino de superación.

 

Un texto que no decae, sostiene el hilo sin golpes bajos ni estridencias y remata un final esperanzador, que repara no solo a las víctimas, sino también a los lectores.

 

Thierry Lenain nació y vive en Francia (1959). Comentó alguna vez (para FCE) que escribió su primera novela a los ocho años. Ha sido profesor de niños con capacidades diferentes y según sus propias declaraciones, se dedicó a la literatura cuando asumió la crianza de sus propios hijos. En su página web proclama que escribir para jóvenes no es para él una profesión, sino un trabajo. Tiene alrededor de setenta libros publicados, en la mayoría de ellos, aborda temas complejos, propios de la problemática juvenil actual.

 

Anne Victoire nació en Francia, donde realizó estudios de arte. Publicó ilustraciones en revistas y periódicos, tanto en Francia como en México. En La niña del canal, la ilustradora encara la tapa presentando un personaje femenino con un aspecto entre niña y joven (¿es Sara o su maestra?), abrazada a una muñeca, un pote de pintura roja al fondo, planteando las pistas de la trama. En las ilustraciones de interiores del libro utiliza la técnica del dibujo a plumín y tinta china, en doce cuadros, delicados y casi puntillistas, que ocupan toda una página. Una viñeta en el colofón del libro, circular, donde se ven apoyadas unas sobre el hombro de la otra, en una tierna escena de encuentro y empatía, aparecen Sara, su maestra y su muñeca, las tres han sobrevivido al abuso, y entonces el lector vuelve a la imagen de la tapa, al cerrar el libro, y entiende que aquella primera mujer es todas, cualquiera de ellas.

 

 

 

 

(2003)

El abrazo

Lygia Bojunga

 

 

Traducido del portugués por Irene Vasco.

Editorial Norma. Colección Zona Libre. México. 56 páginas

 

La nouvelle “El abrazo”  de Lygia Bojunga Nunes, cuyo idioma original de producción fue el portugués brasileño se editó inicialmente en 1995. Fue traducida al castellano latinoamericano el dos ocasiones: la primera, traducida por  Irene Vasco  en la Colección Zona libre de Editorial Norma en 2003. La segunda, en 2008, traducida por Isabel Soto e ilustrada por Rubem Grilo en la Colección Casa Lygia Bojunga de Editorial SM.

 

Narrada en primera persona –a modo de monólogo interior- Cristina de 19 años se confronta y reacciona frente a la violación sexual sufrida en su infancia (a los 8 años), cerca del río, cuando el tosco cuerpo del “Hombre de Agua” la penetró, la derribó, ¿confundiéndola con Clarice?, su amiguita de 7 años desaparecida un año atrás…

 

Como un cuento dentro de otro cuento, como secretos dentro de otros secretos, un grupo de amigos dispuestos a dramatizar en una fiesta el cuento “El abrazo” desata la historia de esta novela. Para completar el elenco necesario para la puesta teatral que realizarán, falta un protagonista: la Muerte. Entonces aparece una misteriosa mujer enmascarada, quien ha de cubrir el rol… ¿Es Clarice? ¿Es la máscara de la muerte que ronda siempre a Cristina? La historia de Cristina ¿o Clarice, o de ambas? está atravesada por encontronazos con ese delito infame, recuerdos entremezclados, hechos de violencia física y emocional. El relato de las violaciones es conmovedor y contundente, sin atajos ni tapujos.

 

Desde aquella fiesta Cristina queda alterada por la presencia de esa enmascarada Clarice (personaje que entra y sale a lo largo de su vida, como otro yo, como amiga invisible, como la voz de una conciencia no verbalizada, una amiga con quien comparte secretos y abrazos).

La historia da un giro escalofriante cuando, días después, asiste a una función de circo y reconoce la voz del violador en uno de los payasos. Cristina lo sigue, lo espera, lo seduce… se enamora de él. Esta extraña reacción podría entenderse como una reacción similar a la conocida como Síndrome de Estocolmo, donde la abusada llega a empatizar con el abusador. Sin embargo cobra ribetes desconcertantes cuando Cristina es arengada, reprendida por esa mujer enmascarada quien la culpa por no denunciar al violador, “eres realmente una infeliz”, le grita, mientras alerta explícitamente sobre secuelas como embarazos no deseados o el sida… (alusiones que podrían leerse como adoctrinantes):

 

“El estupro no tiene perdón, es un crimen que hiere profundamente la dignidad humana, como el homicidio, como la pobreza; crímenes que no tienen perdón” dice la autora tras la máscara, exasperada porque Cristina no denuncia al violador, e incluso lo busca, siente placer al recordarlo. “Eres cómplice de un crimen” le grita Clarice a Cristina, “Tú y todos los que callan, los que perdonan, los que olvidan un crimen así.”

 

El desenlace de la historia confronta la conciencia del lector, porque muestra a una Cristina mutilada emocionalmente, que vuelve a la escena del crimen a entregarse otra vez. Estas escenas contradictorias al “deber ser” de la profilaxis del tema del abuso, permiten leer entrelíneas, que el abuso sexual infantil es una acción de tanta violencia, agresividad y perversión que afecta profundamente la personalidad de esa niña, provoca en la víctima trastornos disociativos de identidad. Esta identidad entremezclada en Cristina que se hace cargo de la voz de Clarice, su amiguita de los 7 años abusada y desaparecida, es también la suya, la de su subconsciente.

 

El precio que paga Cristina por no entender las voces de esas Clarice que habitan su mente y su contexto es alto, demoledor. Ella va nuevamente tras el payaso –metáfora triste si las hay-. Entonces el asesino repone su crimen y al igual que a la pequeña Clarice, la mata, la asfixia. Una corbata gris enroscada en sus cuellos acallan gritos y pedidos de auxilio. La de este último  “abrazo” ¿pudo evitarse?... la corbata aprieta más… más…

 

La autora enfrenta con valentía y solvente escritura este tema tabú a la LIJ. ¿Es un acierto de la novela “El abrazo” recriminarle complicidad a la abusada? Cada lector tendrá su respuesta.

 

Lygia Bojunga nació y vive en Brasil (1932). Su obra es muy prolífica, ha sido traducida a doce idiomas y aborda todo tipo de temáticas, algunas de ellas controvertidas como el suicidio, el desamor, los conflictos. Ha recibido importantes premios por su obra: el Hans Christian Andersen, otorgado por el IBBY (por primera vez a una autora latinoamericana), en 1982, y el Memorial Astrid Lindgren, en 2004. Al ser entrevistada por Antonio Orlando Rodríguez, acerca de cuánto de ella hay en sus textos, la escritora brasileña respondió:

“Yo solo escribo. Mientras lo hago, no pienso en destinatarios. Solo me concentro en lo que tengo que contar, ¡ya eso es bastante trabajo! Yo escribo y punto. Hago literatura. Hay mucho de mí en mis personajes, pero no necesariamente en los femeninos. A veces hay más elementos míos, de mi vida, de mi manera de pensar, en los personajes masculinos. Todos mis personajes son un pedazo de mí. Pero solo un pedazo, porque un escritor nunca escribe la verdad

verdadera. Siempre escribe una verdad fantaseada.

 

En mis libros están mis preocupaciones políticas y sociales, mi desesperación por los problemas de Brasil y de toda América Latina, mis esperanzas. Mis personajes hablan por mí, buscan respuestas para mí, comparten conmigo sus dudas y sus sueños.”[14]

 

 

 

(2007)

¡No me toques!

Thierry Lenain

 

Ilustrado por Stéphane Poulin

 

Traducido del francés por

Leonardo Rodríguez

Editorial CEC.

Colección Los libros de El Nacional.

Caracas. 32 páginas

 

Este cuento, tramado como libro álbum (donde ilustraciones y textos van construyendo la narración de la historia) cuenta con treinta y dos páginas (no numeradas) en un atractivo formato de papel de consistente gramaje, tapas con solapas, y mide 21 x 26 cm. Está ilustrado a páginas completas y a todo color.

 

Stéphane Poulin, el artista plástico, utiliza como fondo una textura de paño añejo, de colores que van del sepia a un marrón claro, presentando algunas manchas más oscuras, que dan la impresión de una tela vieja, usada y gastada por el tiempo. Un dato que podría entenderse como la intencionalidad de reflejar una temática tan sombría como antigua.

 

Es un álbum bellamente ilustrado, muy llamativo, que tiene además la particularidad presentar el tema del abuso de una mujer adulta hacia una niña (dos mujeres). Desde la tapa se puede hipotetizar acerca del disgusto de esa nena, con gesto de fastidio, dando la espalda a una anciana que la mira maliciosa y sonriente, como acechándola y a la vez ofreciéndole una moneda (imagen de tapa). El aspecto anticuado de la mujer, nuevamente remite al pasado, y sus largas y rojas uñas, a la de una bruja de cuentos.

 

En la portadilla, la primera página donde se acredita a los autores del libro, ya no aparece sonriente esa vieja mujer, sino con gesto maligno, enmarcada en un cuadro apoyado en el vacío blanco de la hoja, donde causa más impacto aun que una de sus manos, con sus filosas uñas asoman y salen del recuadro del marco, como al ataque.

 

La historia, narrada en primera persona por esa niña, comienza contando la visita a su escuela, podría tratarse de un jardín de infantes, de una señora que les enseña “algo muy importante (...) mi cuerpo es mi cuerpo”. La niña protagonista le pregunta si nadie, ni siquiera su tía Ramona puede tocarla ni darle besos que le “chupan la sangre”.

 

Hasta aquí el lector, la lectora, puede inferir que se trata del fastidio que le causa a los niños que las personas mayores los besuqueen o aprieten cachetes, etc. Pero aparecen pequeñas huellas de datos donde esos besos no solo son molestos, sino en lugares inadecuados: “Cuando ella me suelta, corro a verificar en un espejo si no tengo un hueco en mi cuello”.

 

La niña va con sus padres a visitar a tía Ramona (única nombrada con nombre de pila). La niña protagonista no quiere ir: “tía Ramona me muerde. Estoy segura que trata de chupar mi sangre”, argumenta. Mamá canta alegre. Papá no celebra, pero tampoco se opone.

 

Siguen apareciendo pistas de lectura: al llegar a la mansión de la vieja, ella los recibe con los brazos en jarra, sobre la cintura, y custodiada por dos bravísimos perros Dóberman. Sobre esa única y plena imagen, la niña se niega por primera vez a que la bese la tía. Mamá se disgusta y le pregunta por qué no la besa. Ella repite lo aprendido en el colegio. “Porque mi cuerpo es mi cuerpo”.

 

La doble página siguiente es aún más fuerte. Desde una mirada tipo zoom desde arriba, se ve la sala de la mansión. Un cuadro gigante de la vieja que a su vez los mira desde la altura a ellos cuatro sentados (incluida la anciana). Tres perros, ahora, y huesos dispersos por todo el piso. Macabro. Mamá quiere ser amable porque la tía prometió heredarles esa casa.

 

Tía Ramona y los tres perros con miradas furiosas, son el primer plano de la siguiente doble página, donde la vieja vuele a intentar besarla. Y aparece nuevamente la escena de la tapa del libro, la mujer mayor ofreciendo una moneda. La niña piensa, en el texto: “esas monedas suyas no me gustan nada. Se diría que las gano vendiendo mi cuello”. Esta escena permite  remitir a ideas de lo que siente un niño que debe entregarse a ese adulto, a quien le han enseñado a querer y respetar pero que lo incomoda y agrede con sus abusos. No accede.

 

De regreso ya a su propio hogar, papá y mamá discuten sobre la actitud de la hija. Mamá quiere esa casa como herencia. Papá retruca que... “si tía Ramona quiere que yo le bese los pies, ¿tendría que hacerlo también?”.

 

Las imágenes y los planos en que se presentan, facilitan ponerse en el punto de vista de esa menor que siente invadido su cuerpo, y el abuso de que es objeto se refleja y puede incluso sentirse en esa desproporcional relación de fuerza y poder en los dibujos. El valor del dinero, agrega un condimento aun más desalmado y casi extorsivo.

 

En este álbum la pequeña protagonista asume con valor la defensa de su cuerpo, enfrenta la situación de dejar de ser víctima. Un final dialogado en familia da cuenta de la resolución del conflicto.


Stéphane Poulin, reconocido ilustrador canadiense, nacido en Montreal, en 1961. Ha creado también álbumes donde es autor integral de texto e imagen. Posee una amplia trayectoria. Por su luminosa y casi expresionista obra recibió el Premio de Literatura Infantil del Consejo de Canadá, en 1986.

 

 

 

(2009)

¡Estela, grita muy fuerte!

Isabel Olid

 

 

Ilustrado por Martina Vanda

Libros del Rincón. Colección Paso de Luna.

Secretaría de Educación pública.

México. 24 páginas

 

Este libro fue editado originalmente en la Colección A lomos del Clavideño de la editorial mexicana Fineo, en 2008. Luego compró sus derechos la SEP y puede descargarse gratuitamente en PDF[15].

 

Se trata de un cuento ilustrado, presentado en formato de libro de 21 x 21 cm., presentado en papel ilustración con tapas semiduras. Visualmente predominan los colores azules, amarillos y marrones, con dibujos de trazos sueltos, que dan plena sensación de imágenes en movimiento.

Apenas abrir la primer página, conmueve la dedicatoria “A mis hijos, para que aprendan a gritar cuando lo necesiten. A mi madre, para que aprenda a escuchar cuando grito.”

 

Estela es una niña feliz, juega se divierte pero le apena que su mejor amiga Lucía tiene muy mal carácter y siempre quiere lo que Estela toma para jugar. Y si ella no se hace lo que la amiga quiere, Lucía la pellizca o molesta. Estela siempre cede, se imagina que es pájaro y se mete en las historias de los libros.

 

La maestra de las niñas nota esa dificultosa relación que va del cariño a la pelea entre ellas y le explica a Estela que “cuando alguien te haga algo que no te guste, tienes que decirle que pare. Y si no para, entonces gritas muy fuerte hasta que vengan a ayudarte” (la palabra “gritas” está en negrillas y en tipografía mayor).

 

Estela ensaya la estrategia, incluso cuando mamá la peina y sin querer tironea su cabello. Y mamá entonces para, se disculpa y lo hace más suave.

 

Luego aparece el tío Anselmo, que era bueno y divertido, cuando se reunían en casa de los abuelos hacía magia y contaba cuentos. Un día la invita a jugar al baño, le quita la ropa y la toca en partes íntimas. Estela no entiende ese juego, pero le pide que pare, y como no lo hace, luego grita:

 

“le sale un grito enorme.

Un grito tan fuerte que se escapa por la ventana

y viaja mar adentro, resuena por China y por Australia

y les llega a los pingüinos del Polo Sur

 

y a las jirafas de África.

Y entonces toda ella se convierte en el grito

y siente cómo tiemblan las hojas de los árboles de la selva,

cómo los caracoles esconden los cuernos,

cómo los perros corren debajo de las camas

y todas las nubes se ponen a llover.”

 

La resolución, a través de palabras poéticas, es amorosa y de rescate familiar. Estela aprendió a decidir: cuando alguien quiera hacerle daño, ella gritará muy fuerte.

 

Isabel Olid (también firma como Bel Olid) es catalana (n.1977) Es miembro del grupo de investigación de literatura infantil y juvenil Gretel, en la Universidad Autónoma de Barcelona. Este libro recibió el premio recibió el premio Qwerty al mejor libro infantil en 2009. Si bien este texto es incluido en programas de prevención del abuso infantil, y la autora ha expuesto públicamente el haber sido abusada de niña, el texto en sí no explicita ninguna estrategia pedagógica o didactista. Por el contrario, está narrado poéticamente sin caer en ningún remate moralista o con moralejas. En palabras de la propia Isabel Olid, esta no es una historia sexual, sino un cuento sobre el grito.

 

Martina Vanda es italiana (n.1978). Además de ilustradora, es artista plástica y autora integral. Se graduó en ilustración en la Universidad de Roma y continuó estudios en bellas artes en la ESAG de París. Edita y publica sus propios libros ilustrados en España, México y Francia. Vive entre Roma y Barcelona desde 2004, donde trabaja y expone sus obras. Según sus propias palabras acerca desde donde crea: 

 

“Para el dibujo cotidiano saco inspiración de mi cotidianidad (mis clases de danza, la lluvia, las montañas, la música, la poesía, los encuentros…) Para mis proyectos completos, saco de las experiencias vividas plenamente y los recuerdos de mi niñez.” [16]

 

 

 

(2010)

Palabras envenenadas

Maite Carranza

 

Edebé. Barcelona. 256 páginas.

 

La autora recibió por esta novela, escrita originalmente en catalán, el premio Edebé de literatura juvenil en el 2009, y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2011 que otorga el Ministerio de Cultura de España. Sin duda, y más allá de esos reconocimientos, este libro representa un valioso aporte para la literatura infantil y juvenil iberoamericana.

 

Cuenta la historia de una adolescente, Bárbara Molina, abusada por su propio padre biológico. Su madre –Nuria Solis- parece mirar para otro lado. Una amiga -Eva Carrasco- quien no olvida afectos ni rencores. Un subinspector a punto del retiro –Salvador Lozano- policía que no se resigna a cerrar el caso de la chica desaparecida años atrás. Estos son los personajes que a lo largo de 28 capítulos -casi testimoniales- van narrando en tiempo presente, cual parlamentos para un guión cinematográfico, la potente historia de la desaparición misteriosa de una quinceañera, cautiva y dada por muerta durante cuatro años. Una adolescente que es sometida a maltratos y abusos sexuales por ese “sujeto-padre” que jura amarla. 

 

Tramada en tres partes (la primera nombrada como La chica que veía Friends; la segunda, A oscuras; y la tercera: El mal de Molière), esta novela para jóvenes, compone cuadros contundentes que se articulan en la retina del lector para componer el rompecabezas de la ausencia forzada de Bárbara. Cada personaje entra y sale de la historia contando el misterio y sus propias obsesiones en torno al hecho. Ningún parlamento -en formato de capítulo de esta novela- es habilitado para el delincuente, Pepe Molina. Él no narra. Actúa. Su presencia apesta a golpes, abuso, encierro.

 

Es inevitable referenciar esta historia ficcional con el aterrador hecho de la realidad, sucedido en Austria en 2006 y conocido a través de la prensa mundial. La propia Maite Carranza afirma que la escritura de esta novela fue motivada por el resonante y estremecedor caso de la niña vienesa, Natascha Kampusch, quien permaneció cautiva en un sótano a pocos kilómetros de su hogar, durante ocho años (entre sus diez y dieciocho años), secuestrada y abusada por un desconocido que la raptó en la calle mientras se dirigía a la escuela. Ese cobarde criminal terminó suicidándose cuando por fin la joven logró escapar.

 

Las similitudes entre el caso real de Natascha y el ficcional de Bárbara se entrecruzan pero, a veces, también se distancian. Ambas niñas fueron encerradas en sitios oscuros, tenebrosos. Su único contacto con el mundo era a través del propio abusador, quien justificaba con regalos, libros y vestidos su amor enfermo, su obsesión por las niñas; a la vez que golpeaba y amenazaba minando la dignidad, el temperamento y la autodeterminación de las pequeñas.

Pero la novela va más allá. El criminal es el propio padre, no un desconocido. Bárbara es sometida a maltratos y abusos por quien le dio y le robó la vida, urdiendo siniestras mentiras y actuando una doble vida para ocultar y sostener su vandálico proceder.

 

Ese andamiaje de doble vida que monta el represor para sostener su crimen en el anonimato y en el olvido, implanta en la narrativa un marcado sesgo de novela policial. Sus mentiras, las sospechas de la amiga y de la madre, el olfato y la persistencia del detective van aportando datos precisos para que el lector, aun prefigurando el desarrollo del delito, se involucre en la búsqueda que permita finalmente salvar a Bárbara.